Peregrinos de ida y vuelta
Ante Montserrat, solo me surgen sentimientos de gratitud.
Montserrat, siempre tan presente en la vida cristiana y cultural de nuestro país, al contemplar este año los 1.000 años de camino de su historia, hace aún más viva su presencia. Observar el significado de Montserrat para cada persona y grupo que asciende hasta allí produce cierto vértigo ante la diversidad de motivaciones y enfoques: casi podríamos hablar de una experiencia irrepetible para cada persona que llega. El encuentro con una naturaleza excepcional, un turismo de calidad, la búsqueda cultural e histórica, la búsqueda espiritual, la afirmación del sentimiento de país… hasta formas más desviadas del sentido del santuario, como la investigación ufológica o el esoterismo. Ante todas estas búsquedas, está la llamada devocional de María como modelo de fe, esperanza y caridad: María como la gran donadora de Jesús, a quien nos muestra serena y gozosa cuando nos acercamos a ella.
El encuentro con Jesús a través de la intercesión de María nos convierte en peregrinos: en salida de nuestros hogares, pero sobre todo de nuestras comodidades espirituales, para recibir un impulso nuevo y transformador; abiertos a la llamada que proviene de Jesús y a nuestra respuesta siguiendo el modelo de María… Santa María del sí confiado, Santa María de la apertura a Dios y al amor de quienes le han sido confiados como hijos, al pie de la cruz en la persona de Juan.
Yo solo puedo hablar como uno de los tantos miles de peregrinos que llegan a Montserrat en busca de algo; no soy historiador, naturalista, musicólogo ni experto en casi nada. Sin embargo, me siento lleno de Montserrat: cada subida peregrinando me ha ido modelando en la experiencia de la cercanía de María.
El peregrinaje, sin embargo, debe tener dos caminos: el de ida, con el corazón abierto, en búsqueda, con la esperanza de un encuentro nuevo cada vez, con el deseo de una conversión sincera. Y también es necesario hacer, como peregrinos, el camino de vuelta. Volver a la vida, al lugar donde se verifica la conversión, amando más, perdonando más, acogiendo más, rezando más.
Ante Montserrat, y con motivo del milenario, solo me surgen sentimientos de gratitud por el cuidado que la comunidad benedictina ha tenido durante siglos para mantener encendida la llama de la fe, para acoger al peregrino y para hacer que el regreso a casa nos haga ser más hijos de Dios, más hermanos y hermanas de este pequeño rincón del mundo que vive iluminado por el faro de nuestra querida Virgen Moreneta.





