La exclusión social golpea con más fuerza a muchas mujeres en Catalunya
El informe FOESSA Catalunya 2024 revela cómo la precariedad laboral, la monoparentalidad y la sobrecarga de cuidados aumentan el riesgo de exclusión social en muchas mujeres.
El Día Internacional de la Mujer invita a mirar de frente una realidad que sigue atravesando nuestra sociedad: la desigualdad de género también se manifiesta en los procesos de pobreza y exclusión social.
El Informe FOESSA Catalunya 2024 muestra que, aunque las diferencias entre hombres y mujeres no siempre aparecen de forma extrema en las cifras individuales, la perspectiva de género resulta clave cuando se analizan los factores estructurales que condicionan las trayectorias de vida.
La exclusión no depende solo del sexo, sino de las condiciones de vida
Según el informe, la tasa de exclusión social a nivel individual es ligeramente superior entre los hombres (17,9%) que entre las mujeres (16,1%). Sin embargo, esta lectura cambia cuando se observa la realidad desde la perspectiva de los hogares y de las responsabilidades familiares.
Los hogares encabezados por mujeres presentan una tasa de exclusión del 19,5%, frente al 16,2% de los hogares encabezados por hombres. Esta diferencia refleja que el riesgo de exclusión no está vinculado únicamente al sexo, sino a la acumulación de responsabilidades económicas y de cuidados que recaen sobre muchas mujeres.
El riesgo aumenta especialmente en hogares con menores a cargo, en hogares que combinan ingresos laborales y ayudas sociales o en aquellos que carecen de ingresos suficientes para sostener la vida cotidiana.
La monoparentalidad y la precariedad aumentan el riesgo
La situación es especialmente preocupante en los hogares monoparentales, donde la exclusión social afecta al 32,7% de las familias. Dado que la mayoría de estos hogares están encabezados por mujeres, se evidencia una clara feminización del riesgo asociada a la monoparentalidad.
La dimensión laboral también es determinante. El informe señala que ser mujer multiplica por tres la probabilidad de sufrir precariedad laboral objetiva. Esta realidad está relacionada con la segregación del mercado de trabajo y con la concentración femenina en sectores como los cuidados, la limpieza o los servicios, caracterizados por salarios más bajos, menor estabilidad y escasas oportunidades de promoción.
Además, persiste una brecha salarial estructural que no solo responde a la segregación sectorial, sino también a la desigual distribución de las responsabilidades de cuidado dentro de los hogares.
Cuando la precariedad se vuelve invisible
Otro elemento preocupante es la normalización de la precariedad. El 31,8% de las mujeres que viven en situación de precariedad objetiva no perciben inseguridad laboral, frente al 19% de los hombres.
Esta diferencia se explica a través del concepto de “suelo pegajoso”, que describe cómo muchas mujeres quedan atrapadas en sectores estructuralmente precarios donde las oportunidades de mejora son escasas. En estos contextos, la precariedad se normaliza y acaba formando parte de la experiencia laboral habitual.
Mujeres migrantes: una vulnerabilidad multiplicada
La perspectiva de género se vuelve aún más relevante cuando se analiza desde una mirada interseccional.
Las mujeres de origen extranjero tienen cuatro veces más probabilidades de caer en exclusión social que las mujeres autóctonas, lo que evidencia una doble discriminación: por ser mujeres y por su origen migrante.
El género, por tanto, no actúa de manera aislada, sino que se entrelaza con otros factores como el origen, la situación económica, la edad o el modelo familiar.
La sobrecarga de cuidados: una injusticia estructural
El informe FOESSA también señala un elemento muchas veces invisible: la sobrecarga de cuidados que asumen las mujeres. En numerosos hogares, ellas son las principales responsables del sostenimiento económico y de las tareas de cuidado, mientras trabajan en sectores laborales especialmente precarios.
La Doctrina Social de la Iglesia interpreta esta realidad como una injusticia estructural. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia y el papa Francisco en Fratelli Tutti recuerdan que el cuidado de las personas más vulnerables es una responsabilidad compartida de toda la sociedad.
Cuando el trabajo de cuidados —esencial para sostener la vida— se invisibiliza o se infravalora, se vulnera la dignidad del trabajo humano. Como señaló Juan Pablo II en Laborem Exercens, el trabajo debe estar siempre por encima de la lógica del capital.
Desde esta perspectiva, la sobrecarga que recae sobre muchas mujeres no es solo una cuestión social o económica, sino también una cuestión de justicia y de dignidad humana.
Una llamada a transformar las estructuras
El Informe FOESSA Catalunya 2024 muestra que el género sigue siendo un factor estructural en la configuración de la exclusión social.
Las mujeres migrantes, las mujeres que viven en condiciones de precariedad laboral y las madres que sostienen solas sus hogares concentran una parte importante de los riesgos.
Ante esta realidad, el Día Internacional de la Mujer es también una invitación a transformar las estructuras que generan desigualdad, promoviendo políticas públicas que favorezcan la corresponsabilidad en los cuidados, la igualdad laboral y la protección de las familias más vulnerables.
Porque construir una sociedad más justa significa también reconocer, valorar y sostener el trabajo que hace posible la vida.





